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Trabajar las violencias, esa nota de la condición humana

La tragedia que ha tenido en vilo a la sociedad y que se cobró la vida de Fernando Báez Sosa nos obliga a reflexionar sobre los modos de relacionarnos con el otro, en tanto semejante, amigo, y posible adversario. En la siguiente nota se aborda el asunto desde una perspectiva psicoanalítica.

 

 

Norberto M. Velázquez (*)

Especial para EL DIARIO

Algunos interrogantes pueden operar como disparadores. ¿En qué momento dejamos de sentir respeto, tolerancia, y empatía por el otro? ¿En qué momento un semejante se vuelve una amenaza y debe ser destruido?

Pese a la incomodidad de las preguntas, el psicoanálisis debe estar en condiciones de dar una respuesta o bien intentar hacer una lectura de estos hechos que interpelan el entramado social en el que vivimos.

Altos índices de pobreza, marginalidad, el ejercicio de la violencia por cuestiones de género, y golpizas en manada dan cuenta de las diferentes manifestaciones que puede asumir la violencia. Cada época se caracteriza por los modos en que la crueldad irrumpe.

Corresponde señalar en este sentido que para el psicoanálisis la violencia, en tanto una de las manifestaciones de la agresividad, es inherente a la condición humana. Ahí es donde asumen un papel relevante las maneras en las que se construye una cultura, tema que profundizaremos más adelante.

En una de sus tantas cartas, Sigmund Freud le confiesa a su destinatario que “el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en ninguno de sus individuos, sino que persisten en lo inconsciente, y esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad”. Esta referencia lleva a pensar que la violencia propia de la condición humana encuentra modos de expresarse en los escenarios que cada época instituye.

Al humanizarse, el individuo acepta que estos impulsos de violencia interna sean reprimidos o contenidos. La cultura destituye esos estímulos internos estableciendo un orden y una orientación para que esas mociones primitivas encuentren su cauce para la vida en sociedad. Se trata de un cauce obligado, ya que el intercambio con el medio es imprescindible para la constitución psíquica del ser humano.

Sin ir más lejos, ese otro que cuida y vela amorosamente por el niño también demanda e impone las normas de la cultura que comparte. De esta manera se van constituyendo aquellas reglas que intentan encauzar su condición pulsional erótica y agresiva. Pero esas normas no siempre son suficientes para controlar esos impulsos, y por ende estos se expresan en las formas más variadas de violencia en el intercambio con los otros.

Cabe con urgencia la pregunta sobre si es posible la convivencia pacífica con los demás. La respuesta es sí, en tanto y en cuanto se respeten las convenciones establecidas para la vida en sociedad. Estas convenciones son iguales para todos los miembros de una comunidad, siendo el Estado de derecho el garante de su aplicación.

Hay adolescentes que encuentran modos de diversión que desafían la integridad física, mental y emocional propia y ajena.

En la práctica

La clínica del psicoanálisis constituye un espacio privilegiado para analizar específicamente la relación de la subjetividad con su época. Determinados sucesos de la actualidad moldean las presentaciones sintomáticas, en tanto impactan de manera directa sobre la vida del analizante, ya que la realidad psíquica se manifiesta en la trama simbólica que la realidad propone.

Así, las redes sociales, la música, el cine y todo lo que sea parte de una cultura determinada condiciona los modos en que la violencia interna se despliega.

En la actualidad vivimos en una sociedad que ha perdido cierta legitimidad, privando a muchos adolescentes de espacios adecuados donde poder proyectar algo del orden de su deseo.

En el consultorio abundan los adolescentes aburridos y frustrados por una sociedad que no los aloja ni les brinda modos productivos de ligar aquello que los atormenta. El resultado: adolescentes enojados, molestos, frustrados e incomprendidos, que encuentran modos de diversión que desafían su integridad física, mental y emocional.

El alcohol, las drogas como la marihuana, la cocaína y el ácido, se han vuelto moneda corriente, y peor aún, algo cotidiano. Entonces, la diversión se confunde con un modo compulsivo de gozar sin límites éticos. Y cuando esos límites no están claros se abre la posibilidad a que sucedan hechos atroces como el crimen de Fernando.

La clínica psicoanalítica apuesta a un trabajo en el que analista y analizante se sumergen en el dispositivo analítico. Con la transferencia como pivote de trabajo, se busca que el recuerdo y la repetición en acto de una parte de su historia pueda ser resignificada. El abordaje analítico implica un arduo trabajo de elaboración psíquica a los fines de promover otros modos de administración pulsional, para propiciar una vida que al analizante le resulte plena y saludable.

Por ello el psicoanálisis se enmarca en los infortunios de la vida cotidiana, sin olvidar, claro, los intereses, recursos y límites del analizante. Así, cada proceso es una experiencia única, cada caso, cada historia es un nuevo comienzo de la práctica y revisión de la teoría.

En esa revisión teórico-clínica se encuentra la violencia, esa condición humana que nos desafía todos los días. Esta situación nos obliga a pensar en el caso por caso; por ello, sería prudente entender la manifestación de la violencia como un fenómeno que implica indefectiblemente a un sujeto que emerge de una red de vínculos y una historia. En ese contexto, nuestra tarea como analistas es hacerlo responsable de aquello que lo atormenta.

Como vemos, la violencia es una condición humana y por tanto es universal, pero el modo en que se manifiesta es singular, en la medida en que está ligada a los recursos que cada sujeto tiene para mitigarla.

 

 

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